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El cambio de mando en Chile, un ritual lleno de historia y símbolos, ha sido recopilado por el historiador José Pedro Hernández, quien destaca los chascarros de estas ceremonias. Desde la caída de la piocha de O’Higgins hasta el traslado de la ceremonia por siniestros como un terremoto, los momentos curiosos han sido parte de la tradición. Anécdotas como el Ford sin bencina durante el traspaso a Aylwin en 1990 o el celular sonando en el acto de Frei en 1994, muestran la humanidad detrás de la solemnidad presidencial. La historia sigue en la investidura de Boric, donde sus vueltas desorientadas arrancaron sonrisas, revelando la dualidad entre lo solemne y lo humano en la historia republicana de Chile.
En Chile, el cambio de mando es uno de esos rituales que parecen escritos con pluma antigua: solemne, republicano, lleno de símbolos y protocolos.
El Presidente en ejercicio entrega la banda y la piocha al mandatario electo, y el país, al menos por un momento, se ordena en torno a esa escena.
Por eso, y porque cuando una tradición se repite por más de dos siglos, José Pedro Hernández, historiador y académico de Universidad de Las Américas, recopiló los chascarros de los cambios de mando.
Las anécdotas del cambio de mando en Chile
Partamos por la piocha de O’Higgins, pequeña pero cargada de historia, pasa de presidente en presidente sin intermediarios.
La superstición popular advierte que, si cae al suelo, augura tiempos turbulentos, y como en Chile se toman en serio, el episodio en que Arturo Alessandri Palma la dejó caer alimentó las leyendas.
La banda presidencial, en cambio, no es una reliquia única, cada jefe de Estado tiene la suya, y es el presidente o presidenta del Senado quien la coloca sobre sus hombros. Nada se deja al azar.
En 1896, un siniestro obligó a trasladar la ceremonia desde el Congreso Nacional en Santiago a la Casa Central de la Universidad de Chile. Y en 1906, tras un devastador terremoto, el acto debió hacerse en el colegio Sagrados Corazones.
Con el retorno a la democracia en 1990, la ceremonia fue breve, apenas media hora. Todo parecía perfectamente calculado, hasta que el Ford Galaxie 500 que debía trasladar a Patricio Aylwin se quedó sin bencina.
La escena pudo haber sido de película, pero bastó que el chofer pusiera dinero de su bolsillo para salvar la dignidad del momento.
En 1994, durante el traspaso a Eduardo Frei, sonó un celular en pleno acto. Hoy sería anecdótico, pero entonces, cuando el teléfono celular era casi un lujo exótico, provocó risas nerviosas.
Como si fuera poco, el presidente de la Cámara de Diputados se quedó sin lápiz y tuvo que pedir uno prestado para firmar.
Y en 2010, mientras Michelle Bachelet entregaba el mando a Sebastián Piñera, una fuerte réplica del terremoto, con alarma de tsunami incluida, remeció el Congreso en Valparaíso.
Más recientemente, las vueltas algo desorientadas del Presidente Gabriel Boric al inicio de su investidura arrancaron sonrisas espontáneas. Porque así es nuestra historia republicana, solemne en el papel, pero profundamente humana en la práctica.