El “lado oscuro” de La Noche: ¿qué pasó realmente entre Leo Rey y Alexítico?
A principios de los años 2000, unos jóvenes llamados Cecil Leiva y Alexis Morales comenzaban a darle forma al proyecto musical que cambiaría sus vidas para siempre: el grupo La Noche.
Probablemente ni ellos imaginaban que, bajo los seudónimos de Leo Rey y Alexítico, se terminarían convirtiendo en los absolutos amos y señores de la cumbia chilena.
Por años fueron la dupla dinámica por excelencia. Amigos inseparables, compadres y hermanos de ruta que viajaban en bus de norte a sur, tocando en boliches pequeños con el único sueño de reventarla en la radio.
Y lo lograron. Llegaron a la cima, se echaron al bolsillo al Monstruo del Festival de Viña del Mar en 2009 y desataron una verdadera “nochemanía” en todo el país.
Pero detrás de los lentes oscuros, los rulos y el éxito, se gestaba un quiebre letal que transformaría esa hermandad a toda prueba en enemistad tóxica.

El quiebre de La Noche por las lucas y la dura confesión de Leo Rey contra Alexítico
La bomba, como suele ocurrir cuando la fama llega de golpe, estalló por las lucas. Mientras el país entero bailaba al ritmo de “Que nadie se entere”, la realidad en la cuenta bancaria del vocalista era un drama paralelo.
Cuando Leo Rey decidió dar un primer paso al costado en 2010 para probar suerte como solista, el cuento de hadas tropical se fue a negro. Fue años más tarde, en conversación con Julio César Rodríguez para el programa Pero con Respeto, cuando el cantante decidió soltar toda la artillería pesada y destapar la olla de su resentimiento.
“Nunca me impusieron, nunca me dieron boleta. Me cagaban con las lucas, me pagaban 100 lucas cuando el grupo cobraba 10 millones de pesos. Teníamos diez fechas, habíamos hecho 20 shows y me pagaban de a uno. Después pasaban dos semanas y me pagaban el otro. Yo empecé a rebalsarme de a poco, empecé a desilusionarme” .
Esa fue la cruda confesión que lanzó Leo Rey al recordar sus años dorados en la banda, dejando a medio Chile marcando ocupado al revelar su verdad.
Para el vocalista, la vieja promesa de que triunfarían y se harían millonarios juntos había sido pisoteada. Según su versión, mientras él ponía el rostro, el carisma y sudaba la gota gorda en el escenario, Alexítico (como dueño de la marca y creador de los temas) se quedaba con la tajada gigante de la torta.
El contragolpe y los secretos de camarín
Aunque la dupla intentó un recordado regreso, el vaso ya estaba trizado. La segunda separación fue la definitiva y le abrió la puerta a una guerra fría.
Por supuesto, el acordeonista y productor musical no se iba a quedar tragando el basureo en silencio. Su primera jugada fue irónica: cuando Leo lloró la carta por el dinero, las redes oficiales de La Noche publicaron, sin agregar ni una sola palabra, el link del videoclip de su clásico hit “Mentiroso”.

Sin embargo, el round farandulero pronto cruzó la línea y se tiñó de un tono muchísimo más oscuro. Cuando Alexis Morales puso a su propio hijo, Gabriel, como el nuevo vocalista de la banda, las rencillas del pasado revivieron con una furia inusitada.
“Faltó a un secreto de camarín. Nosotros teníamos un pacto, que debería estar instaurado entre personas. Él tomó eso a su favor para que yo guardara silencio durante tanto tiempo… Es un acosador, un cyberacosador. Nunca ha ido a mi casa a dar la cara”.
Así fue como Alexítico rompió el silencio en Podemos Hablar junto a su hijo, respondiendo duramente a las constantes tiraderas de su excompañero y acusándolo de extorsión y hostigamiento digital.
Un odio parido que se grita a los cuatro vientos
Hoy, esa amistad dorada que los sacó del anonimato está sepultada bajo un cerro de rencor. Mientras Alexítico defiende con dientes y muelas su marca con una nueva formación, Leo Rey no desaprovecha ningún micrófono para repasar a su archienemigo.
La postal más clara de este odio parido se ha visto en distintos eventos masivos, donde el cantante ha detenido su show en vivo frente a miles de personas para lanzar un desaforado y clarito “¡Chúpalo, Alexítico!” antes de seguir cantando.
Una herida que sangra a vista y paciencia de todos; la prueba viviente de que cuando la plata y el ego entran al camarín, no hay cumbia ni hermandad que los sobreviva.